Fuego en la Montaña

Fuego en la Montaña

Como siempre y por inveterada costumbre, esa noche en el Refugio había sido el último en acostarme. Mis compañeros de dormitorio, distribuidos en lechos individuales en las largas tarimas de la espaciosa sala y en las literas del cuartito de Directores, donde yo y mi hijo estábamos, ya dormían, a juzgar por las respiraciones acompasadas que se sentían y este o aquel moderado ronquido. Eran casi las 2 de la madrugada, hora en que se levanta el viento, el que remonta desde el Cajón del Maipo por los cordones de La Vela y de Los Quempos y pasa por Lagunillas.

En ocasiones, en pleno invierno, cuando algún temporal se descargaba sobre la zona, las violentas ráfagas remecían y hacían crujir las aceitadas maderas de la construcción y hasta lograban hacer oscilar la pesada campana colgada afuera, la que emitía entonces tímidos toques aislados, como “santo y seña” tranquilizador, en medio de la borrasca.

Pero esa noche era sólo susurrante de brisa, helada eso sí, por la nieve que nos circundaba. Como tantas otras veces, yo había prendido una vela. Al notar que se detenía el motor de la luz, con la que terminé de preparar mi cama para tenderme y fumar el último cigarrillo. Después de eso, sabía que me escurriría dentro del saco de dormir y echaría a vagar mi mente por conocidos contornos del lugar, en tanto me cogía el sueño, a veces, este demoraba en llegar y el imaginario recorrido solía llevarme lejos, incluso hasta el pie mismo del lejano Piuquencillo.

Esta vez fue distinto. Mis pensamientos, sin salir del Refugio, se mantuvieron aferrados al gran comedor adosado a la planta baja, donde solo una hora antes aún bullía la alegre fiesta conque, en día Patrio acostumbrábamos a despedir la temporada de invierno, en vísperas de las últimas pruebas de esquí. Era la reunión tradicional y a ella concurrían todos los camaradas de montaña que se hallaban esa noche en Lagunillas. Se había cantado, reído, bailado y organizado rondas, con el entusiasmo de costumbre, disfrazándose todavía algunos, para dar más colorido al festejo. Un grupo de nuestras compañeras de Club se había presentado sorpresivamente como “Equipo de Fútbol”, con entrenador, réferi, fotógrafo disparando flash y todo, cuyas masculinas vestimentas, rídiculamente holgadas para su femenil tamaño causaron por sí solas jocosidad y los aplausos de todos. Más, como era habitual también, el jolgorio había terminado puntualmente a la una de la madrugada, para dar tiempo al descanso de los que harían de competir al día siguiente.

Todos los visitantes se habían ido alegremente, alumbrando los nevados senderos con sus linternas y abrigados con sus vistosas parcas y gorros de montaña, y escuchándoseles por un rato sus amistosos adioses, sus risas y conversaciones, mientras se encaminaban a sus propios refugios. Los de casa, contentos de no tener que salir a afrontar el frío de la noche para irnos a la cama, nos retiramos también prontamente a los dormitorios, unos al de las tarimas, las otras al privado del tercer piso. Media hora después había cesado todo trajín, quedando sólo uno que otro retrasado en los servicios sanitarios. Yo, antes de acostarme y apagar la vela, me alcé todavía para acomodar los cobertores de la litera superior donde dormía profundamente mi muchacho, un chico de 11 años entonces (Humberto Espinosa), quien por haberle sido demasiado prolongada la velada, se había acostado sin desvestirse, lo que no merecía ningún reproche, porque yo a su edad y en parecidas circunstancias, habría hecho lo mismo.

Apagué el cigarrillo, soplé la vela y me dispuse a dormir, y aunque runruneaba todavía en mi cabeza la reciente fiesta, el grato calorcillo del saco de plumas pronto hizo su efecto y empecé a hundirme en el blando sopor del sueño. Ya parecía haberme entregado definitivamente, cuando, en un repentino sobresalto, me pareció sentir una alterada voz femenina que gritaba algo desde la mampara de entrada, intentando despertarnos a todos. Como no reaccionamos de inmediato, la enrarecida voz se hizo oír de nuevo con mayor fuerza y apremio, y entonces sí que oímos la angustiada alerta: ¡levántense muchachos! ¡levantense que se está quemando el Refugio…!

Siendo que todo se mantenía oscuro aún, saltamos hacia la pequeña ventana del dormitorio que daba al exterior desde lo alto, que ya mostraba reflejos, la que al abrirla puso en evidencia la magnitud del siniestro. Por la fuerza que había adquirido, era evidente la imposibilidad de hacer algo ya por sofocarlo: el nuevo comedor, sobresaliendo al costado del edificio en la planta baja, ardía de punta a punta, indicando que el fuego subiría rápidamente, si aún no lo había hecho, a la sala de estar del segundo piso, contigua a nuestro dormitorio, y de ahí al tercero de las mujeres, atraído por el tiraje que le proporcionaban las anchas escaleras del edificio, todo de madera al que estaba unido… Era cuestión de minutos, los indispensables para ponerse a salvo como se pudiera ya que nunca se había hecho un ensayo para tal emergencia. Sólo se había previsto últimamente una puerta de escape en el dormitorio femenino, el más alto y expuesto de todos.

Recuerdo que uno de mis compañeros de cuarto, con espíritu y experiencia bomberil, se lanzó en ayuda de las muchachas del tercer piso, seguido de otro, que en él tenía a sus dos niñas pequeñas, ambos aprovechando la última escala que aún estaba intacta, un tercero no supe que hizo, a parte de mascullar palabras en alemán, mientras yo dándome cuenta que empezaban a aparecer llamas hacia el lado de la sala de estar, lo que cortaba por ahí todo intento de escape, grité varias veces a los que se atropellaban en la oscuridad del gran dormitorio, que había que salir por los baños de atrás, donde había otra pequeña ventana que daba a poca altura del cerro, yo y mi hijo también transpusimos a tientas aquel estrecho pasillo, hallándonos luego afuera, junto a los demás, parados a cierta distancia del edificio en llamas, en medio de la nieve.

Estábamos todos, cerca de setenta personas, incluyendo niños. Nos fuimos reconociendo entre resplandores. Todos estábamos en pijama o en ropas de dormir, con excepción se recordará de mi hijo, quien durmió esa noche vestido. Casi ignorantes del frío de esa hora, 2:30 o 3 de la madrugada permanecimos todavía largo rato contemplando el fuego devorador que se llevaba al amplio Refugio.

Según cuenta mi hijo, luego de dejarlo en el cerro cerca de la ventana por donde escapáramos, yo volví a entrar al Refugio con la esperanza de salvar alguna de nuestras pertenencias. Yo le habría relatado días después que habiendo cruzado el baño, entré en el pasillo donde por un lado estaban las literas corridas, de dos hiladas, y por el otro los dormitorios de seis camas en camarotes. Ya ahí el humo era tan espeso que empecé a asfixiarme y apenas alcance a llegar al dormitorio de Directores donde solo un momento antes dormíamos plácidamente. Luego de tomar en la oscuridad y el humo, algunas cosas que se toparon con mis manos sobre las camas, volví a salir hacia la pequeña ventana para salir al cerro junto a mis afligidos compañeros y donde mi hijo me esperaba asustado y ansioso. Antes de salir me habría venido un exceso de tos que me hizo desintoxicar un poco mis pulmones y recuperar fuerzas.

El cielo estaba estrellado y en otras circunstancias habría sido una noche hermosa. Mi fugaz pensamiento duró solo un segundo porque entonces vino la explosión interior que envolvió el Refugio entero y nos hizo retroceder. Eran los tambores de bencina de la bodega y sala de motor, que había debajo de nuestro cuarto; un disco ardiente salió disparado desde el inmenso bolsón de humo y llamas que se levantó, rasgando el firmamento. Sólo entonces sentimos el hielo de la nieve en nuestros pies, el frío intenso en nuestras espaldas, la necesidad de buscar amparo en otro refugio cercano que amistosamente nos llamaba… El resto, fue una amarga desvelada. Una fría y negra noche, con fuego en la montaña.

Queríamos a ese Refugio, como a un segundo hogar o la casa materna. Tal vez por los múltiples agrados que nos ofrecía, a cambio de lo que con los años le habíamos entregado. Varios de los que apresuradamente debimos abandonarlo en su última noche, lo habíamos visto nacer, cuando sus primeros palos y su techo de cuatro aguas empezó a surgir en el solitario paraje de aquel rincón cordillerano de Lagunillas, en que sólo existía una mísera majada de cabras, la que era desalojada en las primeras nieves de invierno.

La distancia entonces desde San José de Maipo parecía enorme, requiriéndose unas cuatro horas de buena caminata o a lomo de mula para llegar ahí, por huellas y lomajes, por barro y nieve, siempre que no hubiese retardos por mal tiempo. Los materiales de construcción, los víveres y otros pertrechos, fueron trasladados en igual forma, por mas de una década, antes de poder usar los iniciales tramos del postergado camino. Cuando éste comenzó a avanzar, fueron levantándose otras casas de montaña en los contornos, las que no pasaban de seis u ocho al incendiarse la nuestra, en Septiembre de 1951, ya convertida en un espacioso Refugio. El primitivo y modesto casucho, al que por su pequeñez y su techo en punta apodamos al comienzo “el paraguas”, había crecido a la par que nuestro Club. De su capacidad inicial, para unos 15 o 18 alojados, llegó a la de más de un centenar el último tiempo.

En su primer y único ambiente, sólo contaba con lo indispensable: una rústica mesa con banquetas, la tarima para dormir, la buena estufa a leña, el estante, un reloj cucú, demasiado grande y sonoro para tan estrecho cuarto, el estante y la gran lámpara a parafina colgada al centro, bajo cuya hermosa pantalla opalina, nos reuníamos en el temprano anochecer a charlar, después de la diaria práctica de esquí, aquellas fueron unas tertulias inolvidables. En las breves estadías, el agua había que salir a buscarla a la vega vecina, los alimentos y el café se calentaban en la estufa y en los demás menesteres cada cual se las arreglaba o… salía al cerro. Sin embargo, todo nos parecía grato, funcional, novedoso y juvenil, al extremo de empezar a sentir un gran apego por el pionero y minúsculo Refugio, que nos atraía con su doméstica tibieza, su sencilla intimidad y su apartado aislamiento, como si entre sus desnudas paredes fuese más fácil la camaradería y el buen ánimo para mejorar su desmañado aspecto.

Así fue como nos impulsó a darle un carácter mas amable, mas propio del lugar donde se hallaba y del sano y jovial espíritu de los que en él nos albergábamos. Aparecieron entonces sus primeros toques de adorno, las alegres cortinillas y el mantel que las muchachas confeccionaron, éste o aquel implemento montañés colgando en sus maderas y, el ramito de flores silvestres en la mesa… (recuerdo, casi con ternura, el friso en papel azul que punté con motivos nevados, para decorarlo…) Se hizo entonces más grato y acogedor, se diría que simpático: luego empezó a hacerse suficiente para albergar a todos los que, en los invernales fines de semana, acudían a él, por lo que iniciamos en el verano siguiente “los sábados de trabajos voluntarios”. Jornadas a chuzo y pala con que le quitamos unos cuantos metros al cerro para agrandar el dormitorio.

Fue la primera ampliación, después vendrían otras: hacia arriba para, el departamento femenino, hacia la quebrada, para asomar hacia ella una terraza con vista a las canchas de esquí (aprovechando el espacio inferior para instalar la cocina), hacia abajo incluso, reforzando con pilares, donde se instaló la bodega y otros servicios subterráneos. Tales ensanches, en los que figuró un “bowindow” de agrado, un taller de reparaciones de esquís y otras mejoras, fueron de gran utilidad, pero… sin sentido estético, por lo que el antiguo casucho, dotado además de un comedor adosado, de piedra, por ser un material más seguro que la madera, y por donde, irónicamente, comenzó el incendio, terminó por convertirse en un desproporcionado caserón, lleno de parches y salientes que, hay que reconocerlo, pasó a ser “el feo de la familia” en el reducido poblado montañés de Lagunillas.

No obstante, su gracia y belleza estaba por dentro. No en el moblaje o sus sencillos adornos, sino en el aire familiar que en él se respiraba, pareciendo que de cada uno de sus rincones y vericuetos surgía la acogida amable, o se aposaba la quietud relajante que invitaba a disfrutarlo, aunque sus dependencias estuviesen atochadas de gente alegre y bullanguera, de juventud deportiva, inquieta y trajinante. En tales momentos y en tal compañía daba la idea de que el Refugio se hacía más grande, más cálido y amistoso, como si entre sus rústicas paredes se le hubiesen ido incubando, con el tiempo y la convivencia con sus adeptos, humanos sentimientos. Algo en él hacía más gratas las veladas, más frescas y espontáneas las risas y las conversaciones, más propensa e inmediata la camaradería, y hasta la nota de humor surgida en el extremo de una mesa, o del ocasional ritmo en el ronroneo de una acordeón, parecían tener mayor gracia y sabor bajo su techo. Y cuando las circunstancias se tornaban adversas, un enfermo o accidentado, la espera inquietante de alguien retrasado por el mal tiempo, o un posible extraviado, se tornaba serio, eficiente, como presto a dar y facilitar lo que fuese necesario para ayudar a enfrentar la emergencia, como indicando a los que en él se hallaban, o a él acudían, que allí se podía contar con la disposición solidaria y efectiva que el caso requería. Lo que también era hermoso.

Es difícil explicar en qué consistían sus raras cualidades, de donde le salía ese atractivo, que hasta a los niños cautivaba; no diré en la temporada invernal, cuando los chicos gozan con la nieve, sino en pleno verano, cuando sin su habitual concurrencia, se mostraba solo y silencioso, como los demás refugios en medio de los florecidos lomajes de los cerros. Entonces, al llegar a él con nuestros hijos, para dejarlos ahí unas semanas de saludables vacaciones cordilleranas, el Refugio se veía inmenso, fresco y calladamente apacible, como una casa solariega, ofreciendo a los pequeños el embrujo de sus amplios espacios libres, de sus mágicas penumbras, de sus escalas y escondrijos que como fuente de travesuras, echaba a correr tras ellos el retumbe de sus pisadas y el alegre acorde de sus risas y chillidos de ratoncillos…

Al regreso, y ya distantes aún le gritaban los chicos sus adioses al paternal Refugio, como a un abuelo bondadoso y querendón. ¡Quién no lo hacía!… Después de estar en él, aunque fuese una vez, se sentía ganado por ese “algo” que poseía, despertando el deseo de volver. Raramente se partía sin darle una mirada de despedida desde el último recodo del camino. Y si la ausencia se prolongaba o el alejamiento era más allá de las fronteras, en cada carta o postal que llegaba venía la parrafada o el afectuoso saludo para él, cuando no era la tarjeta o el cable especial que le llegaba en Fiestas Patrias, como a un recordado compañero de montaña, “…sueño con esa esquina del Refugio, decía una de esas cartas, donde está esa mesa acogedora para copuchar y desde donde se dominan las montañas y los últimos costalazos de los rezagados…” Quien enviaba estas añoranzas era uno de los nuestros, el “mono” Latrille, piloto de la RAF. en la Segunda Guerra Mundial, cuya misiva llegó a nuestras manos cuatro días después de saberse la noticia de que su avión había sido abatido en algún punto de Europa… En la aislada soledad de aquel estío, el Refugio, a la par de los que perdíamos al amigo debe haber sentido el apretón del duro golpe, porque también era uno de los suyos. Uno que en la riesgosa distancia lo llevaba, según sus postreras líneas, entre sus mejores recuerdos.

Hubo otros casos emotivos; hubo también anécdotas, hechos y cosas curiosas que quedaron ligadas al desaparecido Refugio. Fueron infinitas, la mayoría joviales y pintorescas, de gracia y colorido, de todo tipo y sabor. En sus grandes libros de visitas, fueron 4 o 5 que quedaron estampadas bajo firma miles de frases reconocidas, inspirados versos y escritos, alusivas notas y dibujos que fijaban la fecha de una estadía, un instante vivido, la característica o la gracia de tal o cual grupo, de este o aquel personaje allí conocidos: “¿te acuerdas de los primeros concesionarios, don Fito y su señora, con su rico vino caliente en las noches de invierno?… ¿conociste a ese muchacho gordito de ojos claros que nos tubo entretenidos durante esos tres días de intensa nevazón con su arte de modelar miniaturas con miga de pan?… ¿o a ese simpático peruano que recorría todo el Refugio con su acordeón, a la cabeza de los que le seguían cantando “El pobre pollo”?… ¿recuerdan al “cholito Gutiérrez”, al que siempre le pedíamos declamar “El gran cocorocó”?… Ah!, ¿y al gordo Palma, que aparte de recitar “El ojo” (…aquel que Víctor Hugo nos bosqueja fijo, inexorable, miraba a la vieja!) le gustaba disfrazarse, y una vez caracterizado de Jorobado de Notre Dame o Cuasimodo, le dio un tremendo susto a las muchachas?…” Así, tantos: los suizos acordeonistas, el coro de las 4 hermanas Hameau, el pintoresco “Guaso Vargas”…

Y hechos, tantos hechos y casos, que dejaron memoria: el famoso bluf de los perdidos que inventó en pleno invierno un concesionario nuevo, con la tonta idea de “hacer propaganda” a Lagunillas, sin medir las graves consecuencias que pudo tener la vez que cayó el gran rodado de nieve, sin tocar el Refugio, la tragicómica “excursión accidentada” desde él al otro pequeño Refugio de Piuquencillos, publicada en la prensa por uno de los protagonistas nuestro Premio Nacional de Literatura, Manuel Rojas.

El más insólito de todos tal vez, el caso del Piano subido en mula al Refugio (2000 mts. de altura), que es digno de conocerse en detalle: “El curioso asunto comenzó con el inesperado romance que una chica de descendencia europea, Margarita X., vivió al hallarse ocasionalmente pasando una semana de vacaciones en el Refugio. Impresionada talvez por el apartado y grato ambiente (aún no existía camino) y por las felices horas que en él había disfrutado, a su regreso quiso agradecerle, al mudo testigo y confidente, la inolvidable estadía que le había brindado; y, no hallando otra cosa mejor con qué hacerlo, tuvo la peregrina idea de regalarle “un Piano”. Romántico y bello gesto; pero el desproporcionado obsequio tuvo que ser trasladado, hasta las alturas del Refugio, en medio de inesperadas incidencias.

Desde luego, hubo que buscar entre los mulares del Cajón del Maipo, el animal de carga más apropiado para portarlo, consiguiéndose allá por San Gabriel, un robusto “macho” que, con la insólita carga, echó a andar cerro arriba, arreado por los muleros y algunos acompañantes, sin presentar al comienzo mayores dificultades. Pero, a mitad del recorrido, cuando talvez el mulo empezaba a cansarse, el pobre dio un tropezón y, con el violento chasquido de cuerdas que sintió sobre sus lomos, se quedó paralizado… Pasada su primera impresión y acallado el vibrar del instrumento, reinició la marcha, pero tramos mas allá volvió a tropezar, y su desconcierto fue mayor. Las repentinas sonajeras del encordado y las resonancias que le seguían, lo inquietaban a ojos vista, debiendo sus acompañantes, comprensivamente, dejar que ellas se apagasen totalmente y él se tranquilizara, para hacerlo seguir. Pero como esto siguiera repitiéndose, el irracional terminó por ponerse receloso, desconfiado de cada piedra que se le ponía por delante, y cuando venía el misterioso estruendo, se paraba en seco, tieso y abierto de patas como caballo de palo, mientras sus peludas orejas se volvían locas apuntando en todas direcciones, causando la incontenible hilaridad de los que íbamos con él… Sus cómicas tribulaciones, terminaron por hacer cortas y divertidas las casi 6 horas que duró la subida. Y entre repentinas detenciones y estruendosas carcajadas, el dichoso Piano llegó sano y salvo al Refugio. No así, el pobre bruto, que librado al fin de tan perturbadora carga, se quedó el resto de la tarde en las afueras, quieto y atontado, a la espera de ser devuelto a sus tranquilos rediles”.

El epílogo de esta insólita humorada fue que, una vez instalado en el Refugio y pasada la novedad de tener aquel instrumento de salón en plena cordillera, se fue deteriorando con el excesivo uso y maltrato de los que no sabían tocarlo, al extremo de que se vio desvencijado, de tal modo que ya flojas o perdidas varias de sus teclas, marcadas de rosetas y rayas sus otrora brillantes maderas, y casi borradas las alpinas flores de “edelweis” que lo adornaban, preferimos darle un fin honroso, antes de que su ruina fuese total; y una noche de aniversario patrio, fue a alimentar la tradicional Fogata Andina que se prendía en esa fecha frente al Refugio, donde, entre petardos y fuegos artificiales, lanzó al aire las últimas notas de su encordado, en una extraña sinfonía wagneriana…

iQué de recuerdos!… iCuánta curiosa historia! El Refugio, al término de su particular y enriquecida vida, ya era un señalado personaje, casi legendario. Habíase ganado todas las voluntades, todo el afecto y el respeto a que podía aspirar entre sus congéneres. Ya se le consideraba un amigo, tan generoso y confiable, como el mejor de los camaradas de montaña.
“(Creo que exageras… Un refugio, una casa o cualquier bien material, por bello y útil que sea, no llega a ser tan extraordinario…)”
Es posible… pero éste lo era. Tenía ese “no sé qué” que poseen algunas cosas u objetos inanimados que nos rodean, ese cierto carácter o personalidad que nos hace apegarnos a ellas y hasta quererlas, (“el alma” de los materiales inertes, como decía un respetable arquitecto). En ocasiones, parecía expresar su acercamiento, hacer sentir su intento de comunicación. Ya, al estar en él, percibía esta sensación y acudía a mi memoria un apartado y pequeño patio que, allá por mi lejana niñez, había al fondo de mi casa: allí en su sosegada semipenumbra, aunque hubiese otras personas, captaba aquello tan misteriosamente sutil; y cuando podía, solía irme a ese lugar para quedarme, a veces horas enteras, absorto y atraído por lo que parecían decirme su tapia y sus rincones que, como invisibles compañeros de juegos, compartían conmigo algo muy especial…

Por esto, y por todo lo anterior, fue hondamente penoso verlo desaparecer. Y si en la apresurada huida, cuando debimos abandonarlo a su suerte, sin poder hacer nada por él, y logramos ponernos todos a salvo, algunos sólo en el último instante, se debió, creo yo, a que en ese “no sé qué”, en su carisma o lo que fuere, tuvo también alguna fuerza protectora que impidió, o por lo menos contuvo, que el fuego devorador llegase a atrapar a los que, por involuntario retraso, aún estaban dentro. Porque se dio el caso que, segundos después de que el último que saltara hacia el cerro, desde la ventana trasera, ésta se vio envuelta por el fogonazo de la explosión interior, que determinó su fin.
Como un patriarca, noble, digno y protector, fue, hasta en su postrer momento, lo que se podría llamar iUn Señor Refugio!.

HUMBERTO ESPINOSA CORREA
SOCIO FUNDADOR Y HONORARIO
CLUB ANDINO DE CHILE

El Club Andino de Chile y Lagunillas

El Club Andino de Chile y Lagunillas

Cuando esto de andar escalando cerros o deslizándose sobre la nieve eran sólo practicas exóticas que se veían en las revistas que llegaban de Europa, ya a principios de 1900 empiezan a aparecer algunos gringos locos, como les decían los arrieros (alemanes, suizos y franceses), con estrafalarias vestimentas recorriendo los cerros del Cajón del Maipo, sembrando ese «bichito» por disfrutar la montaña y, sobre todo, responder al desafío de sus altas cumbres.

En 1909 nace el Club Alemán de Excursionismo, que reúne a deportistas de origen germano residentes en Chile. Construyen su refugio en Lo Valdés, donde años más tarde, el 11 de Julio de 1931, se funda el Ski Club Chile de Farellones. Luego vendrá el Club Andino de Chile, uno de esos clubes pioneros en los deportes de montaña en nuestro país, que es fundado el 8 de Abril de 1933.

Lo Valdés y el resto del Cajón del Maipo van dándose a conocer entre los montañeses, quienes se van pasando el dato de este nuevo lugar para practicar sus deportes.

Casi no hay andinista en nuestro país que no haya conocido una cumbre del Cajón del Maipo. Ese patrimonio natural excepcional lleva al Club Andino de Chile, en 1998, junto al joven Club Andino Chiquillán de San José de Maipo, a declarar a la comuna como La Capital del Montañismo de Chile, distinción que es sellada en la inauguración del Mes de la Montaña en 1998 en el Comité Olímpico de Chile.

Volvamos a 1933, cuando aparece un extraño aviso en el Diario Ilustrado que reza: Se invita a deportista que se interesen en formar un Club de Andinismo chileno, a juntarse el próximo lunes a medio día en el hall del Diario Ilustrado. Al primer llamado acuden solo tres andinistas, como en los chistes: un alemán -Herman Satler, fundador del Club Alemán Andino y autor del aviso-; un catalán -Francisco Carrasco, que venía del Club Deportivo Nacional de Algarrobo- y un chileno -Oscar Santelices-. Luego de un segundo aviso aparecieron otra veintena de jóvenes deportistas independientes o provenientes de diferentes clubes. Primero se dedicaron sólo el excursionismo, y luego el andinismo de media y alta montaña. Finalmente, entusiasmados por las prácticas exóticas que se veían en revistas europeas, aparece el esquí, sobre los antiguos «palos de Hicori» de 2,40 metros y más, con las interminables correas de la «fijación francesa» que entrampaban peligrosamente el pie a una puntera metálica. Remataban la indumentaria, los bastones de coligüe y las estrafalarias ropas.

A pocos años de su fundación, el Club Andino empieza a multiplicarse en nuevas sedes a lo largo del país y en el extranjero. Primero nace el Club Andino de Valparaíso (1935), luego el de los Andes, Los Bronces, El Teniente, Curicó, Talca, Chillán, Concepción, los Ángeles, Cautín, Puerto Natales y Punta Arenas; en 1942 el Club Andino de Chile sección México, y en 1947 el Club Andino de Chile Antártica en la base Soberanía. Esta explosión de clubes y sus cada día mayor número de cultores motiva pronto la independencia de todas y cada una de las filiales. Los andinistas del Club Andino van acumulando nuevas cumbres y llegan rápidamente a las «100 Ascensiones en primera» de los más altos cerros, desde los 4.000 los 6.900 metros, y se barren los Andes de norte a sur en Chile y América y se conquistan importantes cumbres de Europa y los Himalayas. En el Cajón del Maipo se decide asentar cabeza en los lomajes de Lagunillas comprando terrenos y construyendo refugios, uno de alta montaña en los faldeos del Cerro Piuquencillo y el otro en el Campamento de Lagunillas, loteo realizado en esos años por el escritor Eduardo Barrios, vecino de San José de Maipo. Nace ahí, en los años 1934-35, el Centro de Esquí y Deportes de Montaña de Lagunillas del Club Andino de Chile, único centro de ski no comercial de Chile, de modesta infraestructura pero donde los amantes de la nieve hasta hoy se siguen iniciando en el deporte blanco y la montaña a un bajo costo y a una escala más humana que en otros lugares del país.

De Lagunillas y del Club Andino nacen destacados deportistas, como Pablo Opliguer, Miryam Torralvo y Tatiana Araneda, campeones nacionales de ski. En el andinismo, personas como Roberto Busquet, Alejandro Fergadiot, Humberto Barrera, Raquel Herrera, Bión y Osiel González, Claudio Lucero y Nelson Muñoz, entre otros, lucen con éxito los colores del Andino dentro y fuera de nuestras fronteras. Es difícil nombrar a todos los que destacaron. Así, con rapidez y entusiasmo, va creciendo el prestigio de las canchas de ski de Lagunillas, prendiendo cada vez más en jóvenes deportistas chilenos. Dos o tres casas comerciales de Santiago comienzan a importar esquís, especialmente para los deportistas de Farellones y de Lagunillas. Una de ellas es la «Casa Andina». Los jóvenes socios llenaban las pistas de Lagunillas, aplanadas a pulso por los mismos esquiadores, pisando «en paralelo» centímetro a centímetro las laderas. A fines de 1934 se inauguró el primer refugio -El Paraguas-, construido por los mismos socios del Andino y el apoyo de algunos «arrieros constructores». Era de madera sobre base de piedra, a 2.000 metros de altura, con capacidad para 30 personas (apretaditos). El pequeño Refugio de Lagunillas fue construido en terrenos cedidos por el escritor Eduardo Barrios, premio Nacional de Literatura. ¡Qué maravilla fue tener una casa propia! Después de la puesta de sol, los cantos y el acordeón junto a la salamandra, la sopa caliente, el repaso de las correrías y aventuras del día, el cansancio y la alegría… En 1938, nuevamente a manos de socios «maestros voluntarios», dirigidos por el socio ingeniero Antonio Mercado, se completa la ampliación del refugio que ahora, con tres pisos, puede recibir a 80 pasajeros bajo su techo. Amplio comedor, dormitorios de damas y varones, estar con salamandra, piano y hasta un gran reloj cucú que, además de dar la hora, predecía el tiempo con sus pequeñas figuras tirolesas. Se detuvo bruscamente una noche después de un zapatazo lanzado… nunca se supo por quién, en medio de su enrabiado y desesperante insomnio.

Muchas amistades, amores y aventuras fueron llenando las páginas de la historia del Club Andino y las de los «Libros de Refugio», que guardaban en poemas y dibujos la alegría de esos jóvenes llenos de sueños. Entre ellos está la historia del piano que alegraba las tardes y noches. Montado en el más grande de los «machos» del Cajón del Maipo, bien amarrado y estibado por los arrieros, partió desde San José esta musical carga. Cada tropezón del macho arrancaba una o más notas del vientre de este extraño pasajero, lo que de inmediato paralizaba al animal que, enfocando sus grandes orejas para todos lados, no sabía qué imaginar. Pasado cada acorde y tranquilizado nuevamente el pobre animal, seguía confiado hasta el próximo trastabillón. Después de muchos acordes y varias horas de viaje, se instalaba sano y salvo el nuevo piano en el living del refugio, donde vivió para siempre. El pobre macho, con un trauma musical irreparable, quedó inmóvil por un par de días en el corral, pensando seguramente que esta sonora carga no estaba en su contrato.

En 1937, conseguido el apoyo de la Dirección de Caminos, se completaban los primeros 6 kilómetros de trayecto al refugio. Trabajaron en él, aparte de los obreros contratados, jóvenes recogidos del Mapocho, dirigidos por Don Polidoro Yáñez, a los cuales siempre los Andinos les llevaban golosinas, cigarros o alguna ropa de regalo. También ese año se construyó el segundo sueño: el Refugio para la Rama de Alta Montaña, camino a Piuquencillo, destinado a los «exploradores montañistas» del Andino. Frente a la cordillera de Los Quempos, se accedía al refugio por Maitenes desde el Río Colorado. Fue destruido por el terremoto de las Melosas en 1958, no antes de acoger bajo su techo a andinista y excursionistas que tenían en él ese soñado castillo entre las nubes y el cielo o en medio del retumbar del temporal. Al llegar sólo había que barrer las «semillas «de los «cururos» que, estando solos, se sentían dueños de casa.

Eran los años en que para el 18 de Septiembre subían 240 a 260 mulas a Lagunillas llevando esquiadores y aperos. Las mulas de los Gárate, de los Andrade, de los Mardones y de otros arrieros famosos, eran peleadas en la Cañada Norte de San José por los deportistas, que habían salido de Santiago muy de madrugada, en el Tren de Pirque (Plaza Italia/Puente Alto) en combinación con el Trencito Militar a El Volcán. Otros llegaban en camión por el camino de tierra. Ya a las 9.30 de la mañana iban partiendo en caravana las primeras mulas, remontando por el camino al Cementerio y luego encaramándose al Divisadero. Seguían por el Estero del Sauce y, unas dos horas después, llegaban a las canchas de ski de Lagunillas… siempre que no hubiera temporal o se «empacara» alguna mula. Entonces los esquiadores se ponían su equipo y…a esquiar se ha dicho. Rápidamente avanzaba la tarde y muchos se reunían para bajar esquiando hasta San José por la nevada Loma de la Vela. De ahí a la estación, para regresar muertos de cansancio en el trencito rumbo a Santiago. Hermoso, aunque ahora de sólo contarlo nos cansamos. Es que los días de entonces tenían 48 horas, o más…

El refugio se incendió en la madrugada del 19 de Septiembre de 1951, después de la de celebración de Fiestas Patrias, cuando ya todos dormían. No hubo desgracias personales, pero sí mucha pena y lágrimas. Se perdió la totalidad de equipos de ski y el 100% del refugio y su equipamiento. Al día siguiente se debía correr la 13ª Carrera de La Lola, programada como todos los años para esa fecha. Esta Carrera «antisuperticiosa» -creada por Humberto Espinosa Correa y no muy bien vista por arrieros y lugareños, respetuosos de La Lola, «el fantasma de la montaña»- era una especie de «pillarse» en que participaban 13 corredores. Un encapuchado escapaba del resto hasta alcanzar la meta. Para hacer mayor la antisupertición, la carrera era dirigida por una madrina mujer. Se corría sin bastones, y se juraba antes de lanzar la carrera frente a un esquí quebrado. Querámoslo o no, La Lola se hizo presente esa noche impidiendo que se corriera al día siguiente la 13° carera. Semanas más tarde, escarbando los restos aún humeantes, encontramos con mi padre la imagen de la Lola, creada por él, reproducida su silueta de mujer en una fundida masa de plata proveniente de las copas y trofeos que adornaban el estar del refugio. ¿Fue el enojo de La Lola o su deseo de que siguiéramos creciendo? Porque… no hay mal que por bien no venga, dicen. Ya el año 1955 se había construido el nuevo refugio, con igual capacidad pero junto a las canchas de ski, de materiales incombustibles, más acogedor, más amplio y con más amor por la montaña. Ya se contaba con el andarivel de La Lola y el andarivel de silla que años mas tarde con la llegada de la DIGEDER, se cambiaría por dos de arrastre, el Panchito (novicios) y el Pancho, nombres en memoria de Pancho Carrasco, uno de los fundadores. Hoy, estas instalaciones, mejoradas y ampliadas, dan acceso a 12 canchas de distinto nivel y exigencias, transformando a Lagunillas en la «puerta de entrada» a las prácticas del esquí, el snowboard y otros deportes de invierno. Cafeterías, arriendos de equipos, escuela de esquí, posta de primeros auxilios y patrullas, completan el equipamiento de este pequeño gran centro de deportes invernales.

La historia del Club Andino es mucho más extensa que estas apretadas líneas y encierra acontecimientos y hazañas en las montañas de Chile y del mundo. El Club, ligado fuertemente al Cajón del Maipo y Lagunillas, seguirá acercando la montaña a los deportistas, a jóvenes y a niños, entregando experiencia a través del trabajo desinteresado de sus dirigentes y socios, que crecen cada día haciendo de los cerros, de la nieve, del cielo azul, de los inviernos y las primaveras en las cumbres nevadas, su forma y su filosofía de vida. En el Andino y en su Refugio de Lagunillas, en sus socios y amigos, en nuestros hijos y nietos, por siempre, vivirá el amor a la montaña. Sí: el lema del Club Andino de Chile, creado en los años 40 por el socio fundador y honorario don Humberto Espinosa Correa (1908/2002), dice: Bajo nuestro techo vive el Amor a la Montaña.

Olga Poblete Poblete

Homenaje a Olga Poblete Poblete

Ser hijo de una mujer como Olga Poblete fue, además de un gran privilegio, todo un reto que creció con nosotros, sus hijos. Más allá de recibir de ella su dedicación de madre, su preocupación junto a mi padre por la estabilidad de nuestro hogar, por nuestra educación y felicidad, enseñándonos a ver y valorar la vida con otros ojos… nos fuimos dando cuenta de los valores de esa bella y suave mujer, un personaje que traspasaba y traspasaría muchas fronteras.

Decidir entre recordar los caminos de vida recorridos de su mano fuerte y segura, tierna y protectora a la vez, o encumbrarnos por su vida intelectual de maestra, de dirigente, de luchadora por las nobles causas de la mujer, de la paz y la igualdad entre los hombres y los pueblos, no es fácil.

Aunque no existió una línea divisoria en sus roles, como hijos y como familia, ella trató siempre de no involucrarnos en sus grandes luchas, aunque tampoco restarnos de su presencia… de sus cuidados… lo que para ella debe haber sido también una difícil tarea.

Mi madre era una mujer tremendamente solidaria, sensible al dolor de los demás, a las injusticias y desigualdades sociales en nuestro país y en el mundo, a la falta de oportunidades para hombres y mujeres, al racismo, al hambre, la tortura y la muerte. Fue una mujer fuerte… en sus ideas e ideales, en sus luchas y desafíos, en su entrega a los demás. De baja estatura, de voz suave y convincente, de un fino humor que nunca faltó en sus charlas, seminarios, escuelas de verano y otras alocuciones. Alguna ironía sana, una anécdota o alguna situación jocosa que insertaba en medio de la seriedad de su discurso, sacaba a todos los presentes la risa o más de una sonrisa. En cualquiera de estos eventos, desde sus clases de Historia, Geografía y Educación Cívica en el Liceo de Aplicación, el Liceo 7 de Niñas, el Manuel de Salas o en el Instituto Pedagógico, hasta un discurso en el gran Palacio de los Trabajadores en Moscú, o en el Colegio de Profesores de Chile, sobre un escenario o frente a un micrófono, la delicada imagen de Olga Poblete se hacía enorme, crecía sin límite, echando al suelo cualquier muestra de inseguridad o temor frente a la audiencia. Muy por el contrario, la fuerza de sus palabras y de sus convicciones, el traspaso de su experiencia y sabiduría a sus alumnos o auditores, la transformaban, llevándola a expresar su pensamiento y enseñanzas con una fortaleza enorme y un gran poder de convencimiento.

Nunca la vi llorar… solo un par de veces algunas lágrimas invadieron sus ojos, haciéndolos brillar profundamente. Una de ellas fue el 19 de junio de 1953, cuando en EE. UU. murieron ejecutados los esposos Rosenberg, acusados de “espionaje”. La otra… cuando lanzaron las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, el 6 de agosto de 1945… Yo tenía cinco años y lo recuerdo cada año, aun cuando no sabía por qué… La irrupción de la Dictadura, con su sombra de violencia y muerte, tampoco la hicieron derramar una lágrima, por el contrario, aquella herida en el alma se transformó en ella en una fortaleza renovada para luchar contra la Dictadura, reorganizar a las mujeres, proteger a los niños y a las víctimas de la represión. A sus 65 años de vida, y tantos de luchas, fue muy duro para ella perder esa batalla, sobre todo cuando se había llegado a conquistar una gran meta política y social para Chile por la vía pacífica, y después de haber entregado gran parte de su vida en defensa de la democracia, de la libertad, de la igualdad de “los hombres y mujeres de nuestra patria”. Esto podría haberla deshecho, derrotado, derrumbado… Y no fue así. Su fortaleza la volvió a levantar y, ante la lucha que venía por delante, se hizo más grande. Ya el 8 de marzo de 1974, con otras mujeres organizó y encabezó la celebración del Día Internacional de la Mujer en Chile.

Olga Poblete Poblete asumió muchos roles y desafíos a la vez, que corrieron en paralelo al de ser madre y esposa. Estos dos últimos los abrazó con todo su corazón y cuidado, estuvieron siempre presentes, en desmedro quizás de la otra parte de su vida. Educadora y dirigente gremial en Chile, incansable luchadora por la emancipación de la mujer y sus derechos, defensora de la paz en el mundo y de la autodeterminación de los pueblos; opositora acérrima del armamentismo, de los pactos militares y de las acciones bélicas disfrazadas como “ayudas humanitarias” por las potencias imperialistas y sus intereses económicos y políticos.

Olga Poblete Poblete nació en Tacna el 21 de mayo de 1908, cuando esta ciudad pertenecía aún a Chile. Esto le valió problemas con sus compañeras de colegio, que pronto la tildaron como “la Chola”. En 1915 la familia, compuesta por Olga, su madre, su abuela y su tío Juan Poblete, de profesión contador -quien hizo las veces de padre para ella- , se trasladó desde el Norte a Santiago. Posteriormente, viviendo ya en la capital, en el año 1925, su madre inscribe como fecha de su nacimiento el día 21 de enero de 1908, para evitar así que se siguiera repitiendo aquel “bullying” con sus nuevas compañeras. Así queda inscrita en la circunscripción de Providencia, Departamento de Santiago de Chile.

Hija de Luisa Poblete, madre soltera, quien luchó con ahínco para darle a su hija Olga la educación a la que ella no había tenido acceso. Luisa, mujer modesta y trabajadora, desempeñó varios trabajos y oficios. Uno de los más destacados fue el de costurera para algunas elegantes tiendas de la capital, siendo este trabajo el que más marcó a Olga, que la acompañaba a las entregas de sus costuras, por lo tanto, testigo muchas veces del trato humillante que su madre recibía de los tenderos. Luisa Poblete, gran emprendedora, llegó a formar una Academia de Corte y Confección que lamentablemente no tuvo larga vida. Más adelante haría un curso de matrona, profesión para la cual tenía mucha vocación, y a la que a pesar de ello no pudo luego dedicarse, ya que sus hermanos estimaban que Luisa no podía salir en las noches o a cualquier hora, a atender los partos y otras urgencias. Olga tenía solo quince años menos que su madre, lo que ayudó a que fueran grandes amigas, cómplices y compañeras.

Por orden de su abuela salían juntas a todos lados, de modo que a los nueve años la pequeña ya había aprendido tanto el arte de “sacar las guaguas” que venían naciendo, en el maniquí de la matrona, como también los secretos del baile en la academia donde su madre asistía llevándola a ella. De asidua alumna, Luisa pasó a ser ayudante del profesor, y la pequeña Olga, a poco andar (o bailar…), se transformó también en eximia “ayudante”… Desde niña siempre le gustó la música, por lo que su tío Juan Poblete le costeó las clases de piano en el Conservatorio Nacional de Música de Santiago, donde alcanzó a llegar hasta el sexto año.

Esto le sirvió mucho, ya que de adulta, esposa y madre, era infaltable que al atardecer de las reuniones familiares con motivo de su cumpleaños, ella se sentara al piano del living de nuestra casa en Ñuñoa y dejara volar su suaves manos sobre el teclado… el que respondía con clásicas melodías de Beethoven, Schubert, Ravel, Chopin… para seguir luego con las románticas y bellas tonadas chilenas. Estas alegraban más a sus familiares, los que terminaban entonando los Ojos negros, el Río-Río, La cumparsita, Mantelito blanco, el Farolito, el Cielito lindo y otras tan bellas como estas. “Olguita… ¡por qué no tocas esa que me gusta tanto!”, y ella, alegre y cariñosa, nunca se hacía rogar. A veces la Meche, una bella prima que cantaba en la radio, se paraba a su lado a interpretar junto a mi madre. Mi hermana y yo, con mis primos, nos repartíamos en la alfombra. A esas reuniones familiares iban mi abuela Luisa y su hermano, el tío Juan, quien como ya dije, fue como el padre de mi madre, ya que ella nunca conoció al verdadero; también mi tío Alberto y su clan de los Poblete de La Cisterna; un par de tíos viejos con sus hijas de la edad de mi madre; dos entrañables amigas: Elena Valdivieso, mi madrina, y la Chelita Ochoa, excompañera de colegio de mi madre, ambas elegantes, finas y delicadas, tenían por ella un gran cariño y admiración.

En Santiago, Olga realizó sus estudios de Preparatoria y Humanidades, en el Liceo de Aplicación de Niñas, establecimiento al que volvió recibida ya de maestra el año 1928, siendo nombrada Profesora de Educación Cívica, de acuerdo al Plan de Estudios de la Reforma Educacional de ese año. Posteriormente, desde 1930 a 1934, fue nombrada Profesora de Historia y Geografía del Liceo de Aplicación de Niñas y del Liceo Nº 3 de Niñas de Santiago.

Cuando recordaba esos tiempos, Olga comentaba que muchas de sus alumnas tenían solo unos años menos que ella. Se había titulado de Profesora de Historia, Geografía y Educación Cívica en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile en 1929, a sus 21 años.

Según nos contaba mi abuela Luisa… “la Olguita tenía mucha personalidad…”, jugaba a dramatizar, a cantar e inventar historias. Era tan inquieta y segura de sí misma, que estando en clases en su colegio, más de una vez aparecía la directora en su sala y le pedía a la profesora jefe “por favor, Srta. Rosalía, por qué no nos presta un ratito a la Olguita, mire que el 4º B está sin profesora y hay que entretenerlas un rato mientas ella regresa”. Y ahí partía la Olguita al otro curso, donde las niñas, generalmente mayores y más altas que ella, se entretenían con los cuentos e historias que ella les contaba. En el resto de la jornada en ese 4º B, no volaba una mosca….

En los años 1931-32, Olga, buenamoza capitana del equipo de básquetbol del Club Deportivo Nacional (CDN), codiciada entre los jóvenes, cayó en las redes de un muchacho atlético e inteligente, Humberto Espinosa Correa, peluquero de profesión, miembro de un grupo de cuatro amigos preocupados de la música y la cultura, lo que atrajo fuertemente a Olga. Durante algunos veranos compartió con él en las playas de Algarrobo, donde el CDN disponía de un camping para sus socios. Cada año escandalizaban a las rancias damas de Algarrobo, “durmiendo en carpas todos juntos y bañándose con trajes de baño ¡¡sin faldín…!!”. Olga y Humberto se casaron discretamente en abril de 1933, en el Sagrario de la Catedral Metropolitana, acompañados de su madre ella, de su padre él. Después de un champañazo con ellos, partieron con mochila y ropa de excursionismo a la precordillera, a su inolvidable “luna de miel”, bajo un frondoso boldo junto a una enorme roca en los faldeos del San Ramón.

En 1935 asumió a tiempo completo como profesora de Estudios Sociales en el Liceo Experimental Manuel de Salas, invitada por su directora, Irma Salas Silva. Teniendo además la responsabilidad de dirigir en su área, la preparación e impresión de material didáctico de su especialidad. De su trabajo surgieron los destacados “Cuadernos de Estudios Sociales” para uso del propio liceo, y que luego se hicieron extensivos a otros establecimientos.

En esos años, el Ministerio de Educación Pública editó su libro Ideario de Manuel de Salas (1754-1841); el Departamento de Publicaciones del Liceo Manuel de Salas publicó su libro Documentos para el estudio de la Antigüedad (1953) y luego, Materiales para el estudio de la historia europea contemporánea (1954). Textos estos de gran utilidad, que el Liceo Manuel de Salas hizo suyos en la enseñanza de Historia, y que reflejaban la visión pedagógica distinta e innovadora de Olga Poblete sobre la metodología y la enseñanza, abriendo las puertas hacia una nueva forma de plantearse ante la historia.

Una de sus alumnos, vocero de las Instituciones Estudiantiles del Liceo Experimental Manuel de Salas en 1959, la describía en un artículo de la Revista Vilano: “Estaba hecha de una arcilla pulida y compacta, exquisitamente frágil y delicada, al parecer; pero vital y simple. Nunca supimos si su prodigiosa sencillez le era innata o era el resultado de una larga tarea de autoperfeccionamiento. Y esta mujer extraordinaria tenía una clara firmeza de diamante. No condescendía ante nuestros renuncios ni deficiencias. Enseñaba sin proponérselo, nunca alzaba la voz, nunca caía en destempladuras de ánimo. Incitaba a actuar. Era una infatigable y organizada trabajadora. Nosotros sabíamos que doña Olga, al margen de las horas que compartía con nosotros, laboraba con idéntica convicción, seriedad y constancia en organismos gremiales. Muy definida en cuanto a sus ideales, tenía una posición política y un concepto del orden social; sin embargo en sus clases jamás perdía su objetividad y nadie, ni el más malévolo, hubiera podido decir que éramos instrumentos suyos”.

“Su trayectoria ascendente siempre nos ha interesado a sus exalumnos. Cuando sale de Chile sabemos que es lo mejor de la patria lo que va a ir a representarnos: digna, discreta, una dama, doña Olga Poblete ha sabido aunar a una inteligencia poderosa y a una amplia cultura, el perfume espiritual, la gracia de las mujeres eternamente jóvenes y eternamente femeninas”.

Con los años, sus inquietudes la fueron llevando a lo social y a lo político. Fue así como participó en “Avance”, grupo decisivo en la definición política de los estudiantes de los años 20. Al igual que muchos estudiantes, Olga Poblete formó parte de las grandes manifestaciones para derrocar la dictadura del general Carlos Ibáñez del Campo, en 1931.

Le tocó vivir su juventud en un mundo convulsionado en el que los jóvenes -que como ella definió “funcionan más con el corazón que con el cerebro”- tomaron partido contra el fascismo y contra la guerra. Ella lo hizo con el corazón, pero también con inteligencia.

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RECURSOS ADICIONALES

Más tarde solidarizó con la causa republicana en la Guerra Civil Española, participando en “Socorro Rojo”, que juntaba alimentos y medicinas para los refugiados que huían de España.

Trabajó para lograr el triunfo del Frente Popular y de su abanderado, Aguirre Cerda. Esto, como una manera de detener al fascismo e impulsar los cambios tan necesarios en el Chile de los años 30. Pero su verdadero aporte fue la enseñanza de las nuevas generaciones chilenas.

En su estrecha relación con la montaña y la naturaleza, Olga Poblete abrió una nueva puerta para sus alumnos: “Cuando enseñamos geografía, cuando hablamos de la arqueología, de la geología, lo hacemos encerrados en las salas del liceo; ¿por qué no hacerlo en medio de la naturaleza, donde los alumnos sean los propios investigadores de su enseñanza?” Inició así, en la década de los 40, salidas a terreno, trasladándose a Lagunillas en el Cajón del Maipo, por dos o más días con sus alumnos y algún otro profesor, en el Refugio del Club Andino de Chile, y rescatando de la misma naturaleza la enseñanza que luego sus alumnos volcarían a su regreso en carpetas ricas en dibujos y texto, como una muestra de lo aprendido en medio de esa potente naturaleza entre los cerros.

Para Olga la cordillera tenía además otros atractivos, nada menos que el esquí y el andinismo, deportes que hacía años ella practicaba junto a su esposo. Ambos, junto a un puñado de jóvenes deportistas e idealistas, fundaron el 8 de abril de 1933, el Club Andino de Chile, pionero en los deportes de montaña en el país, y rápidamente construyeron su primer refugio en Lagunillas. Solo unos pasos de ventaja les llevaba el Club Alemán Andino, que se asentó con su refugio en Lo Valdés, también en el maravilloso Cajón del Maipo.

A mediados de los 40 fue invitada a participar en el Movimiento de Emancipación de la Mujer Chilena, MEMCH, fundado en 1935, junto a otras destacadas feministas como Amanda Labarca, Elena Caffarena, Marta Vergara, Laura Rodig, María Marchant, entre otras, con las que luchó decididamente por el voto femenino, por la igualdad de género y otros derechos de los cuales las mujeres estaban excluidas. Esta organización, semillero de grandes mujeres que se repartían en la vida política y pública, se disolvió en 1951. Olga Poblete junto a Elena Caffarena, en plena Dictadura Militar, refundaron el movimiento como MEMCH 83, que, retomando sus luchas por los derechos de la mujer, agregó el de respeto a los derechos humanos y el retorno a la democracia.

Elena Caffarena, una de las fundadoras del MEMCH, nos dice: “Unida a Olga por la amistad más profunda, aquella que surge de la lucha por conquistar un mejor porvenir para los seres humanos”, en su condolencia el día del fallecimiento de nuestra madre, y agrega: “Olga, ese ser tan extraordinario que sabía convencer de las razones de la lucha, que incendiaba los corazones con su pluma fácil y sencilla, que llegaba no solo a la inteligencia sino también al corazón. Olga, esa maestra que tuvo la clarividencia de enseñar con el ejemplo. Esa mujer que dio un extraordinario aporte en la batalla por la paz, por la igualdad de las mujeres, por la felicidad de los niños y para conquistar la democracia. Con mi cariño y admiración por Olga”.

La montaña ya estaba instalada en el corazón de esta especial maestra, la que también se mezcló con su feminismo. El año 1936, en la primera Guía de Ski y Andinismo editada por el Club Andino de Chile, escribió un llamado a las mujeres a llegar a la montaña: “La cuesta es empinada y de una blancura que desvanece. Aquí al pie de ella hay un afanoso movimiento de preparación. Todos disponen sus equipos para el ascenso. Entre el grupo… “ELLAS”. Es la mujer que llega a la montaña después de haber invadido otras actividades deportivas. De afuera vino la insinuación de esa vida en las cimas blancas, y la mujer, nuestra mujer, se ha adaptado a esta nueva modalidad… La existencia actual de la mujer necesita de un elemento que la compense, que equilibre su espíritu, que impulse sus energías y asegure la vitalidad de su cuerpo, de sus ideas, de sus sentimientos. ¡Y se ha lanzado a la montaña…! El sol quema firme la piel, el ejercicio endurece los miembros y ambos operan sobre un cuerpo anémico y descolorido… y ahí está el milagro de una hermosa silueta de mujer fuerte, dorada por la montaña, satisfecha de sí misma y con la mirada brillante de juventud y de goce de vivir…”…(fragmento del texto “Huellas nuevas”, de Olga Poblete de Espinosa).

Entre 1945 y 1946 viajó a Estados Unidos haciendo uso de una beca en el Teacher’s College de la Universidad de Columbia de Nueva York. Al año de estudios obtuvo el grado de Master of Art en Educación, regresando a Chile a retomar sus tareas docentes e incorporarse con más fuerza a la lucha por sus ideales.

Entre 1946 y 1952 se desempeñó como profesora auxiliar de la Cátedra de Historia Universal del destacado educador, decano y rector de la Universidad de Chile, profesor Juan Gómez Millas, en la Facultad de Filosofía y Educación de dicha casa de estudios.

Desde 1951 a 1960 se dedicó a impartir cursos y seminarios universitarios y de Historia Contemporánea. Entre los diversos temas, presentó la Colonización Europea en el Siglo XIX y parte del XX. Dictó cursos y seminarios sobre China, Japón, Corea y Vietnam. El año 1959 fue nombrada Profesora de Dedicación Exclusiva de la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile, en las funciones de Cátedra y Seminario de Historia y Colonización Europea; Metodología de la Enseñanza de la Historia y Práctica Docente en el Departamento de Educación y Jefe de la Sección de Formación de Profesores de dicho departamento.

En 1962 Olga Poblete fue distinguida con el Premio Lenin de la Paz, equivalente en Occidente al Premio Nobel de la Paz, entregado anualmente por el Consejo Mundial de la Paz a “individuos que hubieran contribuido a la causa de la paz entre los pueblos”. Galardonados con este premio, entre otros, han sido Pablo Picasso, Rafael Alberti, Mikis Theodorakis, Hortensia Bussi de Allende, Luis Corvalán, David Alfaro Siqueiro, Nicolás Guillén, Frédéric Joliot-Curie, Eugénie Cotton, Pablo Neruda, Lázaro Cárdenas, Salvador Allende, Rameshvari Neru.

En 1968 fue designada Directora del Departamento de Educación de la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile. Designación por decisión unánime de docentes, personal administrativo y estudiantes de dicha facultad. Paralelamente a la dirección del Instituto Pedagógico, continuó con sus cursos del Departamento de Historia. El cargo de directora lo ejerció hasta 1970, mismo año en que jubila, luego de una ardua labor de reorganización del departamento bajo su dirección. Continuó, ad honorem, desempeñándose como profesora del Departamento de Historia, dictando cursos y dirigiendo memorias de título sobre el Medio Oriente, India y Extremo Oriente.

Desde 1957 a 1971 participó en sucesivas escuelas de temporada, nacionales e internacionales, organizadas por la Universidad de Chile en temas propios de su especialidad, “Historia de la colonización europea” (Asia y África).

En 1971 participó en los “Cursos de Perfeccionamiento para los Profesores de la Universidad Técnica del Estado y Profesores en General”. Dictó numerosos cursos breves para profesores de educación secundaria y público en general, sobre Historia Contemporánea (Asia y África) en diversas sedes de la Universidad de Chile: Arica, Antofagasta, Valparaíso, Rancagua, Chillán, Concepción, Valdivia.

En agosto de 1971, el presidente Salvador Allende la llamó a integrar la Comisión Nacional Organizadora de la Tercera Conferencia de la UNCTAD, a realizarse en Chile en 1972.

En 1973, tras el Golpe Militar, ya jubilada, fue suspendida de sus funciones como profesora ad honorem del Departamento de Historia del Instituto Pedagógico. Fueron prohibidos y retirados de circulación sus libros, ya no la llamarían para las escuelas de verano, ni a dictar charlas ni a conferencias… Era considerada un personaje “peligroso”. A pocos días del Golpe, una delegación de Naciones Unidas vino a Chile a saber de la situación en que se encontraban algunos personajes de la vida nacional: El poeta Pablo Neruda, Luis Corvalán, presidente del PC, Luis Figueroa, presidente nacional de la CUT, y la maestra y pacifista Olga Poblete.

Te m i e n d o por su vida en esos días, traté de convencerla de que se fuera del país: “Madre… aquí en Chile, detenida o muerta, no es mucho lo que podrá hacer por nuestro país…,…fuera de Chile sí, y mucho”. Sin pensarlo dos veces, rápidamente me respondió: “Lo que yo pueda hacer afuera no es nada comparado con lo que puede significar que aquí me apresen o me maten, luchando por el regreso a la democracia en mi país.… No me puedo ir, hijo”.

Hasta sus últimos días se preocupó de los jóvenes, de las mujeres y sus organizaciones, de las reivindicaciones ganadas y vueltas a perder durante la Dictadura, de los desafíos que traería el siglo XXI. También en su mente estaba la montaña y los amarillos álamos de otoño de Lagunillas. Falleció el 19 de julio de 1999. Ese año pasamos el Año Nuevo allá, y junto con mi padre estuvimos en ese Portezuelo tan ligado a su vida y a la nuestra, desde donde se divisa el cerro El Plomo, el valle del Cajón del Río Maipo y el del Río Colorado. Allá, junto a su banca, en noviembre de 1999 esparcimos sus cenizas. Luego, dos años después, llegarían las de mi padre y luego llegarán las mías, para volver a mirar y aprender el nombre de las estrellas, como tantas veces lo hicimos juntos.

El Club Andino de Chile desde 1933

“SE INVITA A DEPORTISTAS QUE SE INTERESEN EN FORMAR UN CLUB DE ANDINISMO CHILENO, A JUNTARSE EL PRÓXIMO LUNES AL MEDIODÍA, EN EL HALL DEL DIARIO ILUSTRADO”.

Primer refugio del club andino de chile (1936) construido por los mismos socios, se le llamó “el paraguas” por la forma del techo y, además, porque fue el primer”paraguas” que los cobijó posteriormente, el segundo refugio se construyó acoplando al primero la nueva construcción.

Así, escuetamente, rezaba el poco habitual aviso aparecido en el Diario Ilustrado de Santiago, en marzo de 1933. El llamado lo hacían tres andinistas, como en los chistes, un alemán, Hermann Sattler (fundador también del Club Alemán Andino y autor del aviso); un catalán, Francisco Carrasco, que venía del Club Deportivo Nacional y… un chileno, Oscar Santelices. Ya a un segundo llamado aparece una veintena de jóvenes deportistas independientes y/o provenientes de diferentes clubes, atraídos por ese llamado que invitaba a la aventura en la montaña. Nace así, el 8 de abril de 1933, el Club Andino de Chile, club pionero en los deportes de montaña en nuestro país. En Chile, el esquí y el andinismo, en esos años, se veían solo en las revistas que llegaban de Europa o se reducían a un puñado de “gringos locos”, léase alemanes, suizos o franceses, que con estrafalarias vestimentas se les veía pasar camino a la montaña.

Humberto Espinosa Correa
Humberto Espinosa Correa en Lagunillas.

Rápidamente estos jóvenes idealistas se organizan, aprueban sus estatutos y comienzan la maravillosa aventura por las montañas de Chile y el mundo. Enamorados del Cajón del Maipo, eligen instalarse en Lagunillas, en medio de un maravilloso paraje a 2 000 m de altura, donde echarán raíces construyendo sus dos refugios, uno para esquiadores y excursionistas a esa altura, y el otro en la base del cerro Piuquencillo, a 2 600 m. Paralelamente barren con casi la totalidad de las cumbres más altas de la zona, en “ascensiones en primera”. Ya instalados en Lagunillas, y con su sede en Santiago plena de actividades, se lanzan por el resto de Chile y el mundo a conquistar otras cumbres, llenando de honores y gloria al andinismo nacional. (Algunos destacados andinistas de alta montaña del CACH son: Avelino Muñoz, Ruperto Freile, Carlos Piderit, Sergio Kuntsman, Roberto Busquet, Alejandro Fergadiot, Raquel Herrera, Talia Gutiérrez, Tolón Castillo Bión, Osiel González, Claudio Lucero, Nelson Muñoz, Jorge Sáez y Rita Monsalve).

A pocos años de su fundación, el Club Andino empieza a multiplicarse en nuevas sedes a lo largo del país y en el extranjero. Primero nace el Club Andino de Valparaíso (1935), luego el de Los Andes, Los Bronces, El Teniente, Curicó, Talca, Chillán, Concepción, los Ángeles, Osorno, Puerto Natales y Punta Arenas. En 1942, el Club Andino de Chile Sección México, y en 1947 el Club Andino de Chile Antártica, en la Base Soberanía. Esta explosión de clubes y sus cada día mayor número de cultores de estos deportes, motiva pronto la independencia de todas y cada una de las filiales.

Eran los años en que con gran entusiasmo crecía el prestigio de las Canchas de Esquí de Lagunillas, y en que el deporte blanco “importado de Europa y Estados Unidos” prendía en los jóvenes deportistas chilenos. Los esquiadores, socios y amigos, llenaban las nuevas pistas de Lagunillas, aplanadas a pulso por ellos mismos, pisando centímetro a centímetro “en paralelo” las bellas laderas nevadas, con sus largos esquíes de madera.

Ya a primera hora de un sábado o domingo, los esquiadores llegaban en masa a San José de Maipo en el primer convoy matinal del Trencito Militar, para sacarle el jugo a su “día de esquí”. Las mulas de los Gárate, los Andrade, los Mardones y otros conocidos arrieros del Cajón, eran disputadas en la Cañada Norte por los deportistas. Además de prestar el servicio de subir y bajar esquiadores, turistas y pertrechos a y desde Lagunillas, los arrieros también se involucraban en el diario vivir del Club Andino de Chile, en los trabajos de construcción del camino y los refugios y/o compartiendo con los “andinos”, con los que terminaban por ser amigos. Entre ellos estaba Miguel Andrade, alto y flaco, de cara reseca por el sol y el viento cordillerano, de manta de castilla y sombrero de ancha ala, ambos negros, igual que su bigote, impregnado en olor a humo, el “Miguelón”, como todos lo conocían. Él se fue poco a poco interesando con esto de deslizarse por las laderas nevadas y que él nombraba como “esquivar”. Entusiasmado un día con este entretenido deporte, tomó un par de gruesas tablas, las moldeó con su “cuchilla” a semejanza de las “importadas” usadas por los “esquivadores” de Lagunillas y, para gran sorpresa de deportistas y turistas, con su mismo poncho negro y sombrero alón, apareció en las canchas dándole la pelea y con gran éxito, al nuevo y atractivo “deporte blanco” en Lagunillas.

Los esquiadores partían de madrugada desde la Estación Pirque en Plaza Italia, en el Tren del Llano del Maipo (eléctrico) que llegaba a Puente Alto, a la estación ubicada junto al Regimiento de Ferrocarrileros (más tarde de Ingenieros), que en “combinación” con el Trencito Militar podía llevarlos hasta El Volcán. La otra alternativa era simplemente subir a San José de Maipo en camión, por el camino de tierra que en ese entonces lucía, por su desgaste, un incómodo perfil de “Lomo de Toro” a lo largo de sus 60 kilómetros. Ya a las 9.30 de la mañana iban partiendo las primeras mulas en caravana hacia Lagunillas, remontando el camino al cementerio y luego encaramándose al Divisadero, nombre dado por los “andinos” al lugar, ya que desde allí se “divisaba” Lagunillas. Luego se seguía por el Estero del Sauce, la Loma del Viento y… dos horas después, o un poco más, se llegaba a las Canchas de Esquí de Lagunillas… siempre que no hubiera temporal.
Llegando a Lagunillas, casi ya a mediodía, los esquiadores rápidamente se preparaban para no perder un minuto más de su jornada de “ski”. (Desde los inicios, a este deporte se le nombró y nombra como “ski”, y no “esquí”, que sería lo correcto en nuestro idioma. El nombre de la Federación de Ski de Chile y de algunos otros clubes nacionales refuerzan este hecho, en que el esnobismo de los chilenos está involucrado). Ya con sus “estrafalarias” tenidas -coloridos sweater y gorros de lana, “pantalón de golf” que dejaba a la vista la “calceta” tipo chilota que escondía unas dos más bajo ella, y el “toque”… un elegante pañuelo de seda al cuello que volaba al viento en cada bajada-, se ponían sus largos esquíes de madera de Hickory, tomaban sus bastones de coligue, se calzaban sus bototos de cuero “engrasados” provistos de toperoles (clavo corto de cabeza ancha y rugosa colocada en la suela de los bototos para lograr una mejor adherencia en superficies resbaladizas) y, los más “tecnológicos”, de punteras metálicas, para, finalmente, antes de partir por las laderas nevadas, apretar las interminables correas de cuero de la “fijación francesa”, que no les soltarían el pie de los palos así se dieran veinte mil vueltas en alguna fatal caída. Los bototos de cuero, nacionales para la mayoría de los esquiadores chilenos, eran engrasados por ellos mismos para “impermeabilizarlos”, el día antes de subir. Solo tenías que ir a la carnicería de tu barrio y pedir que te hicieran un paquetito de grasa de vacuno, la que en tu casa derretías al fuego para aplicarla con una escobilla en caliente a tus resecos “zapatos de ski”. Por el olor a chicharrones, todo el barrio se enteraba de que tú irías a “skiar” ese fin de semana.

Así, rápidamente avanzaba la tarde y muchos se reunían para bajar esquiando hasta San José por la nevada Loma de la Vela hasta el mismo cementerio del entonces tranquilo pueblo San José de Maipo. De ahí a la estación, para regresar muertos de cansancio en el trencito rumbo a Santiago. Hermoso, aunque de solo contarlo, ahora terminamos cansados. ¿Es que entonces los días tenían 48 o más horas, o que nuestros padres y abuelos eran “rotos más encachados” que los de ahora?
Más tarde se iniciaría el actual camino a Lagunillas, donde a la par de los “pelusas del Mapocho”, dirigidos por Polido Yáñez, los “andinos”, picota y pala en mano, ayudaban a construir la nueva vía. Con el mismo empeño estos deportistas construirían el primer Refugio, terminado en 1936.

Han pasado años llenos de historias, de aventuras, de penas y alegrías. Ya los fundadores, los grandes andinistas, han partido de este mundo a emprender nuevos desafíos, mientras un puñado de hombres, mujeres y jóvenes que forman la “Familia Andina” siguen ahí en medio de la montaña, disfrutando de sus deportes y entregando grandes esfuerzos para mantener y transmitir ese sano idealismo y amor por la montaña que da vida al Club Andino y su Centro de Esquí de Lagunillas, abierto a la comunidad desde siempre.

Lo que en algún momento solo fue un deporte más para el Club Andino y sus socios, Lagunillas, el único centro no comercial de Chile, se transformó con el esfuerzo de los Andinos, en la gran puerta para acceder a los deportes de montaña, al alcance de todos y en una escala más familiar y humana. Por Lagunillas en estos 80 años han pasado muchas generaciones, han nacido y crecido grandes andinistas y destacados campeones del esquí de Chile, hoy repartidos en diferentes escuelas de esquí de otros centros mayores, como instructores y/o directores.

A través de Lagunillas, el Club Andino de Chile ha desarrollado sus grandes y nobles propósitos de enseñar y difundir la montaña y sus deportes entre la juventud, entre los adultos, mujeres y niños, impregnándolos de ese apego y admiración que los hace caminar más felices por la vida. Y de ello no estuvieron ajenos los niños y jóvenes de San José de Maipo, que a través de convenios entre el Club Andino, la I. Municipalidad de San José de Maipo y Digeder (hoy Chile Deportes), pudieron por años acceder y disfrutar gratuitamente del deporte blanco en su propia comuna. Asimismo, estos convenios favorecieron a otros niños de colegios municipalizados de la Región Metropolitana.

El lema del Club Andino de Chile, creado por uno de los fundadores del CACH (Humberto Espinosa Correa), que es parte de un poema del mismo autor -ganador de un concurso literario efectuado en un Campamento Gigante realizado por la Federación de Esquí y Andinismo de Chile en la década de los cuarenta en el Cajón del Maipo- y que ha guiado por tantos años sus pasos, reza en un rústico madero a la entrada de su Refugio de Lagunillas:

BAJO NUESTRO TECHO VIVE EL AMOR A LA MONTAÑA

HUMBERTO ESPINOSA POBLETE,
EXPRESIDENTE CLUB ANDINO DE CHILE (1984/2000).

Arriero Salvador Garate con majada de cabras 1933
Arriero Salvador Garate con majada de cabras 1933.

Subiendo a Lagunillas 1935 / 1936.

Subiendo a Lagunillas 1935 / 1936. Esta histórica fotografía corresponde a una de las subidas al hoy Centro de Ski Lagunillas. Los “fanáticos esquiadores” de esos años debían hacerlo a lomo de mula. Conocidos arrieros prestaban ese servicio a falta de otro medio de movilización, ya que aún no existía ni siquiera la idea de hacer un camino hacia este centro de montaña. Luego de abordar las mulas en la cañada norte, partía la caravana por el camino del cementerio hasta llegar a los riscos y el divisadero, desde donde se remontaba hasta Lagunillas por la loma de la vela, viaje que en invierno, sin senderos y por nieve virgen, podía durar, con buen tiempo, unas tres horas. De regreso, muchos de aquellos jóvenes deportistas bajaban esquiando, ya que en esos años nevaba mucho más que hoy. Para las fiestas del 18 de septiembre era tal el interés en subir a Lagunillas, que las mulas llegaban a sumar más de 240 animales. La fotografía es de Humberto Espinosa Correa, uno de los fundadores de Club Andino de Chile.

Desde la Ventana

 

Desde la Ventana

Ventanas…Cuanta historia ha pasado ante ellas…entre ellas y mis ojos, entre ellas y mi historia. Cuantas ventanas se cruzaron en mi larga vida, o frente a cuantas otras pase yo alguna vez en mis correrías por este mundo. Cuantas se abrieron…cuantas se cerraron…?

Y si las ventanas han vivido tanto o mas que nosotros, y saben tanto entre unas y otras de nuestra historia…por que no contar esas historias que quedaron reflejadas en sus vidrios, entre sus cortinas y visillos…historias que impregnaron sus maderas…?

Cuantos recuerdos brotan a veces, sin proponérnoslo, solo al mirar una tarde cualquiera, a través de alguna de ellas…Su transparencia llama a la nostalgia….Seguramente en esos momentos pasarán por tus ojos y tu mente imágenes que parecían olvidadas…o nuevas, que echaran a rodar tu imaginación y te harán inventar historias fantásticas…Alguna pena o alegrías pasadas que no volverán pero que ahí están atrapadas como en la maquina del tiempo.

Cuantos dibujos y mensajes…corazones muchas veces, trazamos con los dedos en sus vidrios empañados, como esa mañana después de la ducha…o aquel día frío en la cordillera…o aquella tarde cuando te esperaba…

Los malos y los buenos recuerdos quedaron estampados en alguna de esas ventanas y son hoy motivo de inspiración.

La Ventana del Escape


Recuerdo esa ventana cuadrada…mas bien pequeña, de cuatro u ocho vidrios, ubicada al fondo del baño de los dormitorios de hombres, allá en el viejo Refugio del Club Andino en Lagunillas. Por ella, pudimos escapar los socios que dormíamos ahi esa noche después de la fiesta de 18 de Septiembre organizada por el Club. A las dos y media de la madrugada del 1951…el gran Refugio empezó a arder…El incendio consumió totalmente en un par de horas, nuestra casa de montaña, convirtiendo en cenizas parte de nuestra historia y un trozo de nuestros corazones. Había sido construido con el sudor y lágrimas de los aquellos románticos socios que hacia solo 18 años habían juntado también sus sueños y voluntades para fundar el Club Andino de Chile.

Esa ventana, era la única salida de esa ala del Refugio ya que tras de nosotros las llamas venían avanzando sin piedad. Grandes y chicos, vestidos con lo que pillaron o a medio vestir con parte de sus pijamas, fueron saltando por ella al cerro aun con nieve ese 19 de Septiembre de 1951. Yo tenía once años. Habíamos ido con mi padre a celebrar en el Refugio del Andino las tradicionales “fiestas patrias”. Una vez que mi padre me dejó afuera, algo encaramado en la ladera del cerro, volvió a entrar al Refugio para rescatar alguna otra pertenencia de todo lo que quedó en los camarotes del dormitorio. Arriesgada acción, ya que nuestro dormitorio estaba sobre la sala de motores donde habían además, tambores de petróleo y bencina….Después de un exceso de tos por principio de asfixia, logro salir con algunas cosas envueltas en una frazada. Me tomo la mano y caminamos unos pasos mas arriba. No muchos porque en ese instante nos detuvo a nuestras espaldas, los bombazo de los tambores de combustible que uno tras otros fueron estallando, formando hongos de fuego y humo hacia el cielo. Con ello se activaron mas las llamas y el Refugio empezó a arder con mas furia. No había nada que hacer…no habían mangueras ni agua suficiente para extinguir ese enorme siniestro…Los Bomberos de San José de Maipo estaban
a mas de 40 minutos y no había como llamarlos. Solo el resplandor rojo en el cielo los hizo partir a Lagunillas esa oscura noche….Al llegar, el gran Refugio de 80 camas y su larga historia…ya era una sola hoguera.

Nos albergamos esa larga noche en el Refugio del Che Andrassy que quedaba un poco mas arriba. Ya con la luz de la mañana pudimos ver a nuestros pies aun humeantes, las maderas quemadas, los fierros y cañerías retorcidos. De vez en cuando reventaba algún tarro de conserva aun vivo…Solo la chimenea de piedra quedaba en pie indicando al cielo las nubes de humo en las que se habían ido muchas ilusiones, recuerdos y una parte de nosotros mismos.

Salimos todos fuera del Refugio Andrassy esa triste mañana y junto a mi padre en frente del grupo, con un gran nudo en la garganta empezamos a entonar la Canción Nacional, mientras mi padre izaba el pabellón patrio. Solo los dos. con la voz entrecortada, terminamos de cantar…al resto de socios y socias solos les broto el dolor entre sus lagrimas.

Ese día 19 de Septiembre no se corrió la tradicional Carrera de La Lola (fantasma de la montaña), competencia anti supersticiosa creada por mi padre doce años antes…Ese día tocaba correr la décimo tercera carrera….No habían equipos ni animo…. todo se había quemado…Solo nosotros, ese puñado de socios y nuestro dolor, en medio de los cerros de Lagunillas. Parte de la historia del Club Andino de Chile consumida por las llamas, yacía a nuestros pies y el futuro estaba suspendido por duelo.