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El Club Andino de Chile y Lagunillas

Cuando esto de andar escalando cerros o deslizándose sobre la nieve eran sólo practicas exóticas que se veían en las revistas que llegaban de Europa, ya a principios de 1900 empiezan a aparecer algunos gringos locos, como les decían los arrieros (alemanes, suizos y franceses), con estrafalarias vestimentas recorriendo los cerros del Cajón del Maipo, sembrando ese «bichito» por disfrutar la montaña y, sobre todo, responder al desafío de sus altas cumbres.

En 1909 nace el Club Alemán de Excursionismo, que reúne a deportistas de origen germano residentes en Chile. Construyen su refugio en Lo Valdés, donde años más tarde, el 11 de Julio de 1931, se funda el Ski Club Chile de Farellones. Luego vendrá el Club Andino de Chile, uno de esos clubes pioneros en los deportes de montaña en nuestro país, que es fundado el 8 de Abril de 1933.

Lo Valdés y el resto del Cajón del Maipo van dándose a conocer entre los montañeses, quienes se van pasando el dato de este nuevo lugar para practicar sus deportes.

Casi no hay andinista en nuestro país que no haya conocido una cumbre del Cajón del Maipo. Ese patrimonio natural excepcional lleva al Club Andino de Chile, en 1998, junto al joven Club Andino Chiquillán de San José de Maipo, a declarar a la comuna como La Capital del Montañismo de Chile, distinción que es sellada en la inauguración del Mes de la Montaña en 1998 en el Comité Olímpico de Chile.

Volvamos a 1933, cuando aparece un extraño aviso en el Diario Ilustrado que reza: Se invita a deportista que se interesen en formar un Club de Andinismo chileno, a juntarse el próximo lunes a medio día en el hall del Diario Ilustrado. Al primer llamado acuden solo tres andinistas, como en los chistes: un alemán -Herman Satler, fundador del Club Alemán Andino y autor del aviso-; un catalán -Francisco Carrasco, que venía del Club Deportivo Nacional de Algarrobo- y un chileno -Oscar Santelices-. Luego de un segundo aviso aparecieron otra veintena de jóvenes deportistas independientes o provenientes de diferentes clubes. Primero se dedicaron sólo el excursionismo, y luego el andinismo de media y alta montaña. Finalmente, entusiasmados por las prácticas exóticas que se veían en revistas europeas, aparece el esquí, sobre los antiguos «palos de Hicori» de 2,40 metros y más, con las interminables correas de la «fijación francesa» que entrampaban peligrosamente el pie a una puntera metálica. Remataban la indumentaria, los bastones de coligüe y las estrafalarias ropas.

A pocos años de su fundación, el Club Andino empieza a multiplicarse en nuevas sedes a lo largo del país y en el extranjero. Primero nace el Club Andino de Valparaíso (1935), luego el de los Andes, Los Bronces, El Teniente, Curicó, Talca, Chillán, Concepción, los Ángeles, Cautín, Puerto Natales y Punta Arenas; en 1942 el Club Andino de Chile sección México, y en 1947 el Club Andino de Chile Antártica en la base Soberanía. Esta explosión de clubes y sus cada día mayor número de cultores motiva pronto la independencia de todas y cada una de las filiales. Los andinistas del Club Andino van acumulando nuevas cumbres y llegan rápidamente a las «100 Ascensiones en primera» de los más altos cerros, desde los 4.000 los 6.900 metros, y se barren los Andes de norte a sur en Chile y América y se conquistan importantes cumbres de Europa y los Himalayas. En el Cajón del Maipo se decide asentar cabeza en los lomajes de Lagunillas comprando terrenos y construyendo refugios, uno de alta montaña en los faldeos del Cerro Piuquencillo y el otro en el Campamento de Lagunillas, loteo realizado en esos años por el escritor Eduardo Barrios, vecino de San José de Maipo. Nace ahí, en los años 1934-35, el Centro de Esquí y Deportes de Montaña de Lagunillas del Club Andino de Chile, único centro de ski no comercial de Chile, de modesta infraestructura pero donde los amantes de la nieve hasta hoy se siguen iniciando en el deporte blanco y la montaña a un bajo costo y a una escala más humana que en otros lugares del país.

De Lagunillas y del Club Andino nacen destacados deportistas, como Pablo Opliguer, Miryam Torralvo y Tatiana Araneda, campeones nacionales de ski. En el andinismo, personas como Roberto Busquet, Alejandro Fergadiot, Humberto Barrera, Raquel Herrera, Bión y Osiel González, Claudio Lucero y Nelson Muñoz, entre otros, lucen con éxito los colores del Andino dentro y fuera de nuestras fronteras. Es difícil nombrar a todos los que destacaron. Así, con rapidez y entusiasmo, va creciendo el prestigio de las canchas de ski de Lagunillas, prendiendo cada vez más en jóvenes deportistas chilenos. Dos o tres casas comerciales de Santiago comienzan a importar esquís, especialmente para los deportistas de Farellones y de Lagunillas. Una de ellas es la «Casa Andina». Los jóvenes socios llenaban las pistas de Lagunillas, aplanadas a pulso por los mismos esquiadores, pisando «en paralelo» centímetro a centímetro las laderas. A fines de 1934 se inauguró el primer refugio -El Paraguas-, construido por los mismos socios del Andino y el apoyo de algunos «arrieros constructores». Era de madera sobre base de piedra, a 2.000 metros de altura, con capacidad para 30 personas (apretaditos). El pequeño Refugio de Lagunillas fue construido en terrenos cedidos por el escritor Eduardo Barrios, premio Nacional de Literatura. ¡Qué maravilla fue tener una casa propia! Después de la puesta de sol, los cantos y el acordeón junto a la salamandra, la sopa caliente, el repaso de las correrías y aventuras del día, el cansancio y la alegría… En 1938, nuevamente a manos de socios «maestros voluntarios», dirigidos por el socio ingeniero Antonio Mercado, se completa la ampliación del refugio que ahora, con tres pisos, puede recibir a 80 pasajeros bajo su techo. Amplio comedor, dormitorios de damas y varones, estar con salamandra, piano y hasta un gran reloj cucú que, además de dar la hora, predecía el tiempo con sus pequeñas figuras tirolesas. Se detuvo bruscamente una noche después de un zapatazo lanzado… nunca se supo por quién, en medio de su enrabiado y desesperante insomnio.

Muchas amistades, amores y aventuras fueron llenando las páginas de la historia del Club Andino y las de los «Libros de Refugio», que guardaban en poemas y dibujos la alegría de esos jóvenes llenos de sueños. Entre ellos está la historia del piano que alegraba las tardes y noches. Montado en el más grande de los «machos» del Cajón del Maipo, bien amarrado y estibado por los arrieros, partió desde San José esta musical carga. Cada tropezón del macho arrancaba una o más notas del vientre de este extraño pasajero, lo que de inmediato paralizaba al animal que, enfocando sus grandes orejas para todos lados, no sabía qué imaginar. Pasado cada acorde y tranquilizado nuevamente el pobre animal, seguía confiado hasta el próximo trastabillón. Después de muchos acordes y varias horas de viaje, se instalaba sano y salvo el nuevo piano en el living del refugio, donde vivió para siempre. El pobre macho, con un trauma musical irreparable, quedó inmóvil por un par de días en el corral, pensando seguramente que esta sonora carga no estaba en su contrato.

En 1937, conseguido el apoyo de la Dirección de Caminos, se completaban los primeros 6 kilómetros de trayecto al refugio. Trabajaron en él, aparte de los obreros contratados, jóvenes recogidos del Mapocho, dirigidos por Don Polidoro Yáñez, a los cuales siempre los Andinos les llevaban golosinas, cigarros o alguna ropa de regalo. También ese año se construyó el segundo sueño: el Refugio para la Rama de Alta Montaña, camino a Piuquencillo, destinado a los «exploradores montañistas» del Andino. Frente a la cordillera de Los Quempos, se accedía al refugio por Maitenes desde el Río Colorado. Fue destruido por el terremoto de las Melosas en 1958, no antes de acoger bajo su techo a andinista y excursionistas que tenían en él ese soñado castillo entre las nubes y el cielo o en medio del retumbar del temporal. Al llegar sólo había que barrer las «semillas «de los «cururos» que, estando solos, se sentían dueños de casa.

Eran los años en que para el 18 de Septiembre subían 240 a 260 mulas a Lagunillas llevando esquiadores y aperos. Las mulas de los Gárate, de los Andrade, de los Mardones y de otros arrieros famosos, eran peleadas en la Cañada Norte de San José por los deportistas, que habían salido de Santiago muy de madrugada, en el Tren de Pirque (Plaza Italia/Puente Alto) en combinación con el Trencito Militar a El Volcán. Otros llegaban en camión por el camino de tierra. Ya a las 9.30 de la mañana iban partiendo en caravana las primeras mulas, remontando por el camino al Cementerio y luego encaramándose al Divisadero. Seguían por el Estero del Sauce y, unas dos horas después, llegaban a las canchas de ski de Lagunillas… siempre que no hubiera temporal o se «empacara» alguna mula. Entonces los esquiadores se ponían su equipo y…a esquiar se ha dicho. Rápidamente avanzaba la tarde y muchos se reunían para bajar esquiando hasta San José por la nevada Loma de la Vela. De ahí a la estación, para regresar muertos de cansancio en el trencito rumbo a Santiago. Hermoso, aunque ahora de sólo contarlo nos cansamos. Es que los días de entonces tenían 48 horas, o más…

El refugio se incendió en la madrugada del 19 de Septiembre de 1951, después de la de celebración de Fiestas Patrias, cuando ya todos dormían. No hubo desgracias personales, pero sí mucha pena y lágrimas. Se perdió la totalidad de equipos de ski y el 100% del refugio y su equipamiento. Al día siguiente se debía correr la 13ª Carrera de La Lola, programada como todos los años para esa fecha. Esta Carrera «antisuperticiosa» -creada por Humberto Espinosa Correa y no muy bien vista por arrieros y lugareños, respetuosos de La Lola, «el fantasma de la montaña»- era una especie de «pillarse» en que participaban 13 corredores. Un encapuchado escapaba del resto hasta alcanzar la meta. Para hacer mayor la antisupertición, la carrera era dirigida por una madrina mujer. Se corría sin bastones, y se juraba antes de lanzar la carrera frente a un esquí quebrado. Querámoslo o no, La Lola se hizo presente esa noche impidiendo que se corriera al día siguiente la 13° carera. Semanas más tarde, escarbando los restos aún humeantes, encontramos con mi padre la imagen de la Lola, creada por él, reproducida su silueta de mujer en una fundida masa de plata proveniente de las copas y trofeos que adornaban el estar del refugio. ¿Fue el enojo de La Lola o su deseo de que siguiéramos creciendo? Porque… no hay mal que por bien no venga, dicen. Ya el año 1955 se había construido el nuevo refugio, con igual capacidad pero junto a las canchas de ski, de materiales incombustibles, más acogedor, más amplio y con más amor por la montaña. Ya se contaba con el andarivel de La Lola y el andarivel de silla que años mas tarde con la llegada de la DIGEDER, se cambiaría por dos de arrastre, el Panchito (novicios) y el Pancho, nombres en memoria de Pancho Carrasco, uno de los fundadores. Hoy, estas instalaciones, mejoradas y ampliadas, dan acceso a 12 canchas de distinto nivel y exigencias, transformando a Lagunillas en la «puerta de entrada» a las prácticas del esquí, el snowboard y otros deportes de invierno. Cafeterías, arriendos de equipos, escuela de esquí, posta de primeros auxilios y patrullas, completan el equipamiento de este pequeño gran centro de deportes invernales.

La historia del Club Andino es mucho más extensa que estas apretadas líneas y encierra acontecimientos y hazañas en las montañas de Chile y del mundo. El Club, ligado fuertemente al Cajón del Maipo y Lagunillas, seguirá acercando la montaña a los deportistas, a jóvenes y a niños, entregando experiencia a través del trabajo desinteresado de sus dirigentes y socios, que crecen cada día haciendo de los cerros, de la nieve, del cielo azul, de los inviernos y las primaveras en las cumbres nevadas, su forma y su filosofía de vida. En el Andino y en su Refugio de Lagunillas, en sus socios y amigos, en nuestros hijos y nietos, por siempre, vivirá el amor a la montaña. Sí: el lema del Club Andino de Chile, creado en los años 40 por el socio fundador y honorario don Humberto Espinosa Correa (1908/2002), dice: Bajo nuestro techo vive el Amor a la Montaña.