“SE INVITA A DEPORTISTAS QUE SE INTERESEN EN FORMAR UN CLUB DE ANDINISMO CHILENO, A JUNTARSE EL PRÓXIMO LUNES AL MEDIODÍA, EN EL HALL DEL DIARIO ILUSTRADO”.

refugio paraguas

Primer refugio del club andino de chile (1936) construido por los mismos socios, se le llamó “el paraguas” por la forma del techo y, además, porque fue el primer”paraguas” que los cobijó posteriormente, el segundo refugio se construyó acoplando al primero la nueva construcción.

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Así, escuetamente, rezaba el poco habitual aviso aparecido en el Diario Ilustrado de Santiago, en marzo de 1933. El llamado lo hacían tres andinistas, como en los chistes, un alemán, Hermann Sattler (fundador también del Club Alemán Andino y autor del aviso); un catalán, Francisco Carrasco, que venía del Club Deportivo Nacional y… un chileno, Oscar Santelices. Ya a un segundo llamado aparece una veintena de jóvenes deportistas independientes y/o provenientes de diferentes clubes, atraídos por ese llamado que invitaba a la aventura en la montaña. Nace así, el 8 de abril de 1933, el Club Andino de Chile, club pionero en los deportes de montaña en nuestro país. En Chile, el esquí y el andinismo, en esos años, se veían solo en las revistas que llegaban de Europa o se reducían a un puñado de “gringos locos”, léase alemanes, suizos o franceses, que con estrafalarias vestimentas se les veía pasar camino a la montaña.

Humberto Espinosa Correa
Humberto Espinosa Correa en Lagunillas.

Rápidamente estos jóvenes idealistas se organizan, aprueban sus estatutos y comienzan la maravillosa aventura por las montañas de Chile y el mundo. Enamorados del Cajón del Maipo, eligen instalarse en Lagunillas, en medio de un maravilloso paraje a 2 000 m de altura, donde echarán raíces construyendo sus dos refugios, uno para esquiadores y excursionistas a esa altura, y el otro en la base del cerro Piuquencillo, a 2 600 m. Paralelamente barren con casi la totalidad de las cumbres más altas de la zona, en “ascensiones en primera”. Ya instalados en Lagunillas, y con su sede en Santiago plena de actividades, se lanzan por el resto de Chile y el mundo a conquistar otras cumbres, llenando de honores y gloria al andinismo nacional. (Algunos destacados andinistas de alta montaña del CACH son: Avelino Muñoz, Ruperto Freile, Carlos Piderit, Sergio Kuntsman, Roberto Busquet, Alejandro Fergadiot, Raquel Herrera, Talia Gutiérrez, Tolón Castillo Bión, Osiel González, Claudio Lucero, Nelson Muñoz, Jorge Sáez y Rita Monsalve).

A pocos años de su fundación, el Club Andino empieza a multiplicarse en nuevas sedes a lo largo del país y en el extranjero. Primero nace el Club Andino de Valparaíso (1935), luego el de Los Andes, Los Bronces, El Teniente, Curicó, Talca, Chillán, Concepción, los Ángeles, Osorno, Puerto Natales y Punta Arenas. En 1942, el Club Andino de Chile Sección México, y en 1947 el Club Andino de Chile Antártica, en la Base Soberanía. Esta explosión de clubes y sus cada día mayor número de cultores de estos deportes, motiva pronto la independencia de todas y cada una de las filiales.

Eran los años en que con gran entusiasmo crecía el prestigio de las Canchas de Esquí de Lagunillas, y en que el deporte blanco “importado de Europa y Estados Unidos” prendía en los jóvenes deportistas chilenos. Los esquiadores, socios y amigos, llenaban las nuevas pistas de Lagunillas, aplanadas a pulso por ellos mismos, pisando centímetro a centímetro “en paralelo” las bellas laderas nevadas, con sus largos esquíes de madera.

Ya a primera hora de un sábado o domingo, los esquiadores llegaban en masa a San José de Maipo en el primer convoy matinal del Trencito Militar, para sacarle el jugo a su “día de esquí”. Las mulas de los Gárate, los Andrade, los Mardones y otros conocidos arrieros del Cajón, eran disputadas en la Cañada Norte por los deportistas. Además de prestar el servicio de subir y bajar esquiadores, turistas y pertrechos a y desde Lagunillas, los arrieros también se involucraban en el diario vivir del Club Andino de Chile, en los trabajos de construcción del camino y los refugios y/o compartiendo con los “andinos”, con los que terminaban por ser amigos. Entre ellos estaba Miguel Andrade, alto y flaco, de cara reseca por el sol y el viento cordillerano, de manta de castilla y sombrero de ancha ala, ambos negros, igual que su bigote, impregnado en olor a humo, el “Miguelón”, como todos lo conocían. Él se fue poco a poco interesando con esto de deslizarse por las laderas nevadas y que él nombraba como “esquivar”. Entusiasmado un día con este entretenido deporte, tomó un par de gruesas tablas, las moldeó con su “cuchilla” a semejanza de las “importadas” usadas por los “esquivadores” de Lagunillas y, para gran sorpresa de deportistas y turistas, con su mismo poncho negro y sombrero alón, apareció en las canchas dándole la pelea y con gran éxito, al nuevo y atractivo “deporte blanco” en Lagunillas.

Los esquiadores partían de madrugada desde la Estación Pirque en Plaza Italia, en el Tren del Llano del Maipo (eléctrico) que llegaba a Puente Alto, a la estación ubicada junto al Regimiento de Ferrocarrileros (más tarde de Ingenieros), que en “combinación” con el Trencito Militar podía llevarlos hasta El Volcán. La otra alternativa era simplemente subir a San José de Maipo en camión, por el camino de tierra que en ese entonces lucía, por su desgaste, un incómodo perfil de “Lomo de Toro” a lo largo de sus 60 kilómetros. Ya a las 9.30 de la mañana iban partiendo las primeras mulas en caravana hacia Lagunillas, remontando el camino al cementerio y luego encaramándose al Divisadero, nombre dado por los “andinos” al lugar, ya que desde allí se “divisaba” Lagunillas. Luego se seguía por el Estero del Sauce, la Loma del Viento y… dos horas después, o un poco más, se llegaba a las Canchas de Esquí de Lagunillas… siempre que no hubiera temporal.
Llegando a Lagunillas, casi ya a mediodía, los esquiadores rápidamente se preparaban para no perder un minuto más de su jornada de “ski”. (Desde los inicios, a este deporte se le nombró y nombra como “ski”, y no “esquí”, que sería lo correcto en nuestro idioma. El nombre de la Federación de Ski de Chile y de algunos otros clubes nacionales refuerzan este hecho, en que el esnobismo de los chilenos está involucrado). Ya con sus “estrafalarias” tenidas -coloridos sweater y gorros de lana, “pantalón de golf” que dejaba a la vista la “calceta” tipo chilota que escondía unas dos más bajo ella, y el “toque”… un elegante pañuelo de seda al cuello que volaba al viento en cada bajada-, se ponían sus largos esquíes de madera de Hickory, tomaban sus bastones de coligue, se calzaban sus bototos de cuero “engrasados” provistos de toperoles (clavo corto de cabeza ancha y rugosa colocada en la suela de los bototos para lograr una mejor adherencia en superficies resbaladizas) y, los más “tecnológicos”, de punteras metálicas, para, finalmente, antes de partir por las laderas nevadas, apretar las interminables correas de cuero de la “fijación francesa”, que no les soltarían el pie de los palos así se dieran veinte mil vueltas en alguna fatal caída. Los bototos de cuero, nacionales para la mayoría de los esquiadores chilenos, eran engrasados por ellos mismos para “impermeabilizarlos”, el día antes de subir. Solo tenías que ir a la carnicería de tu barrio y pedir que te hicieran un paquetito de grasa de vacuno, la que en tu casa derretías al fuego para aplicarla con una escobilla en caliente a tus resecos “zapatos de ski”. Por el olor a chicharrones, todo el barrio se enteraba de que tú irías a “skiar” ese fin de semana.

Así, rápidamente avanzaba la tarde y muchos se reunían para bajar esquiando hasta San José por la nevada Loma de la Vela hasta el mismo cementerio del entonces tranquilo pueblo San José de Maipo. De ahí a la estación, para regresar muertos de cansancio en el trencito rumbo a Santiago. Hermoso, aunque de solo contarlo, ahora terminamos cansados. ¿Es que entonces los días tenían 48 o más horas, o que nuestros padres y abuelos eran “rotos más encachados” que los de ahora?
Más tarde se iniciaría el actual camino a Lagunillas, donde a la par de los “pelusas del Mapocho”, dirigidos por Polido Yáñez, los “andinos”, picota y pala en mano, ayudaban a construir la nueva vía. Con el mismo empeño estos deportistas construirían el primer Refugio, terminado en 1936.

Han pasado años llenos de historias, de aventuras, de penas y alegrías. Ya los fundadores, los grandes andinistas, han partido de este mundo a emprender nuevos desafíos, mientras un puñado de hombres, mujeres y jóvenes que forman la “Familia Andina” siguen ahí en medio de la montaña, disfrutando de sus deportes y entregando grandes esfuerzos para mantener y transmitir ese sano idealismo y amor por la montaña que da vida al Club Andino y su Centro de Esquí de Lagunillas, abierto a la comunidad desde siempre.

Lo que en algún momento solo fue un deporte más para el Club Andino y sus socios, Lagunillas, el único centro no comercial de Chile, se transformó con el esfuerzo de los Andinos, en la gran puerta para acceder a los deportes de montaña, al alcance de todos y en una escala más familiar y humana. Por Lagunillas en estos 80 años han pasado muchas generaciones, han nacido y crecido grandes andinistas y destacados campeones del esquí de Chile, hoy repartidos en diferentes escuelas de esquí de otros centros mayores, como instructores y/o directores.

A través de Lagunillas, el Club Andino de Chile ha desarrollado sus grandes y nobles propósitos de enseñar y difundir la montaña y sus deportes entre la juventud, entre los adultos, mujeres y niños, impregnándolos de ese apego y admiración que los hace caminar más felices por la vida. Y de ello no estuvieron ajenos los niños y jóvenes de San José de Maipo, que a través de convenios entre el Club Andino, la I. Municipalidad de San José de Maipo y Digeder (hoy Chile Deportes), pudieron por años acceder y disfrutar gratuitamente del deporte blanco en su propia comuna. Asimismo, estos convenios favorecieron a otros niños de colegios municipalizados de la Región Metropolitana.

El lema del Club Andino de Chile, creado por uno de los fundadores del CACH (Humberto Espinosa Correa), que es parte de un poema del mismo autor -ganador de un concurso literario efectuado en un Campamento Gigante realizado por la Federación de Esquí y Andinismo de Chile en la década de los cuarenta en el Cajón del Maipo- y que ha guiado por tantos años sus pasos, reza en un rústico madero a la entrada de su Refugio de Lagunillas:

BAJO NUESTRO TECHO VIVE EL AMOR A LA MONTAÑA

HUMBERTO ESPINOSA POBLETE,
EXPRESIDENTE CLUB ANDINO DE CHILE (1984/2000).

Arriero Salvador Garate con majada de cabras 1933
Arriero Salvador Garate con majada de cabras 1933.

Subiendo a Lagunillas 1935 / 1936.

Arrieros en Mula

Subiendo a Lagunillas 1935 / 1936. Esta histórica fotografía corresponde a una de las subidas al hoy Centro de Ski Lagunillas. Los “fanáticos esquiadores” de esos años debían hacerlo a lomo de mula. Conocidos arrieros prestaban ese servicio a falta de otro medio de movilización, ya que aún no existía ni siquiera la idea de hacer un camino hacia este centro de montaña. Luego de abordar las mulas en la cañada norte, partía la caravana por el camino del cementerio hasta llegar a los riscos y el divisadero, desde donde se remontaba hasta Lagunillas por la loma de la vela, viaje que en invierno, sin senderos y por nieve virgen, podía durar, con buen tiempo, unas tres horas. De regreso, muchos de aquellos jóvenes deportistas bajaban esquiando, ya que en esos años nevaba mucho más que hoy. Para las fiestas del 18 de septiembre era tal el interés en subir a Lagunillas, que las mulas llegaban a sumar más de 240 animales. La fotografía es de Humberto Espinosa Correa, uno de los fundadores de Club Andino de Chile.